El Jardín

Pues lo hermoso no es más que el comienzo de lo terrible que todavía podemos soportar, y lo admiramos tan solo en la medida en que indiferente, rehusa destruirnos.

Rainer María Rike
 
Paisaje secreto es una excelente muestra del trabajo de los últimos seis años del pintor Rafael Trelles. En su última exposición en Puerto Rico en la Galería Botello titulada El jardín del poeta, Rafael Trelles expuso catorce importantes óleos. Algunas de estas piezas están expuestas en esta muestra. Las pinturas de Rafael Trelles continúan expresando, El jardín del poeta, lo que nos ubica en una obra que guarda un profundo orden y una coherencia estructural y narrativa de motivos y obsesiones que durante estos últimos años han prevalecido en su propuesta pictórica.

Estos óleos conservan ambiguas reminiscencias de los antiguos jardines medievales y renacentistas inspirados en un fluir de motivos y temas donde alientan imágenes inspiradas en la obra de escritores clásicos como Plinio, Virgilio, Cicerón, Dante y otros. No obstante, estas escenas guardan una relación muy ambigua con los óleos de Trelles. Opuesto a la visión de paz y armonía, al "locus amoenus" renacentista, lugar de fábula donde alentaba una fuente y un mundo paradisíaco, en Paisaje secreto la naturaleza es violenta, convulsa. Los seres no disfrutan de las dulzuras de esos jardines bucólicos como sacados de una égloga de Gracilazo de la Vega. Estos jardines que traza el artista son espacios de soledad, donde los fantásticos personajes no son los enamorados pastores que entonan una melodía con su siringa, mientras una sutil brisa otoñal acaricia los árboles del paisaje dulce y apacible. De esta manera, los sustantivos jardín y paisaje que Trelles utiliza para signar sus visiones son en alguna medida ironía y parodia, ya que el jardín es naturaleza domesticada erigida por un designio racional que organiza el espacio, el cosmo. El jardín es método, la flor y la fuente, ya tiene su lugar, su espacio predeterminado. El jardín de Trelles es anárquico, en infinidad de ocasiones colinda con lo irracional y lo maravilloso. La evolución y el cambio son sus signos más pertinentes. Sus pinturas son la recreación de una naturaleza en continua tensión, de seres sumidos en una soledad hiperbólica, desenfrenada. Es su jardín una eclosión donde la naturaleza se devora a si misma.

Al contemplar estas obras, sentimos un profundo sobrecogimiento por el destino final de sus habitantes. La naturaleza se nos presenta como el sueño de un ser mítico: el poeta. Es el escenario en el que adelantan o retroceden en el plano espiritual estas presencias. Evolución o involución que nos brinda la sensación de un movimiento caótico, de un incesante sístole y diástole de la naturaleza, donde todo confluye vivo y fragmentado desasido del orden natural al que estamos acostumbrados. ¿Armonía o caos? Es la naturaleza atrapada en el escorzo de su propia destrucción, o en el de su más íntima regeneración. Trelles parece decirnos que el destino de todos es nuestro destino. Que somos el gusano y la estrella que lo dignifica. El asesino y la víctima que lo redime. El horror y la alegría.

Trelles reconoce que el artista de alguna manera es el dios de su propio universo. De aquí su gusto por construir objetos, juegos, cajas pobladas de posibilidades, de intentos mágicos y cabalísticos por subvertir el destino, por descifrar una situación o la intrincada trama de una personalidad. Allí en el lienzo es el causante de ese juego del azar y el destino. Sabe también que una vez se provoque el azar ya para siempre formará parte de su designio. Por eso el juego, el azar, la invocación de lo inusitado lo subyuga a tal extremo que ha preferido pintar estas alucinadas y videntes historias a partir de manchas, éstas seran el inicio, la incitación. Es el dios enfrentado al caos originario. Estamos en la antesala de una bella y terrible cosmogonía.

El Jardín del Caos

El precario y obnubilado mundo larval de la mancha, el recién incitado caos da lugar a un racimo de formas y colores, de múltiples sugerencias. En ocasiones el rasgo de un ala, el corte transversal de un coleóptero, la piedra en su pesadez de quelonio te devuelve al mito taíno o el pico de un pájaro y quizás su vuelo aparecen difuminados en la mancha. De nuevo el azar da origen al caos. Trelles parte de esa prehistoria del sueño, de ese fondo terrible donde bulle la pesadilla. Manera muy particular de incitar el caos.

Esta técnica de trabajar con manchas nos retrotrae al trabajo del alemán Max Ernest y al del puertorriqueño Roberto Alberty. Ernest en 1925, un año después del surgimiento del movimiento surrealista, elaboró una técnica de "frottage" aparecen fantásticas figuras de animales, pájaros y espacios naturales cargados de un ambiente mítico y onírico realmente maravilloso. No obstante, el método del Trelles se acerca más aún a la técnica de la de calcomanía, creada por el pintor surrealista español Oscar Domínguez. Esta técnica consiste en oponer zonas de pintura fresca a un lienzo y luego trabajar las manchas que cubrirán el mismo. Las texturas e imágenes obtenidas en el lienzo surgen cargadas de múltiples sugerencias. El posterior tratamiento de la superficie le brinda a la pintura una riqueza táctil que abona en el disfrute estético de la misma.

En Puerto Rico, el pintor vanguardista Roberto ( Boquio ) Alberty también trabajó una serie de "frottages" a través de técnicas análogas. Muchas de sus obras, como las pinturas negras, son igualmente trabajos realizados a partir de manchas. Sin embargo, entre el trabajo de Trelles y el de Boquio existen diferencias significativas. Una vez el Boquio obtenía sus manchas procedía a titular la misma adivinando formas y sugerencias. El título, inteligente y esclarecedor, concedía a la obra un nuevo significado. Se trataba de darle carta de ciudadanía al recién incitado caos. Sólo al identificar la mancha, Alberty la habría sentido terminada , convertida en fin, en obra. La tela mediante la técnica de la decalcomanía se convierte en una instantánea del caos que el artista va modelando, definiendo, atrapando una fugaz instancia de la visión. De aquí que las imágenes aparezcan como congeladas atrapadas en su silente proceso evolutivo, como quien cautiva ( o cultiva ) un celaje primordial y nos lo devuelve en todo su intenso y mágico esplendor. Alberty prefería el juego en la oscuridad. El Boquio tienta la sombra y luego la nombra. En Trelles el azar es condicionado, una profunda visión religiosa y mítica ya haciendo partícipe a la obra de una narración que le da sentido dentro del profundo sincretismo que marca su obra y lo remite a unos significados, lo ubica en una particular visión de mundo. En Trelles a diferencia del Boquio hay mas trabajo, el azar se , del barroquismo, de hacer un acto de orfebrería el ala difuminada, o el rostro que atisba y se transparenta en esa mácula inicial del caos. El pincel entonces comienza a trazar márgenes, a pintar el asombro, a iluminar las obsesiones que pugnan por surgir en ese génesis del lienzo. Trelles devuelve a la luz en contornos muy definidos el celaje que late en la mancha. El uso de los colores complementarios le brinda a la obra su rica carga de tensiones, produciendo todo ese entramado de luz y de sombras que caracteriza su discurso plástico. Este colorido dinamismo, este eje de tensiones, también los consigue el artista en la composición dinámica de la obra con las que nos brinda la ilusión del movimiento o de la estabilidad como en el tríptico Jardín acechado.

Algunas pinturas como este tríptico están pintadas sobre panel de cedro preparado con la cola de conejo y blanco de España. Junto al mundo mítico y a lo real maravilloso hay un gusto por la pintura del renacimiento y sus técnicas, lo que lo lleva a experimentar con los materiales originales. Importante recurso técnico en su obra lo es la veladura que permite sacarle al caos inicial los diferentes planos que intuye en la visión originaria y sobreponer sobre una realidad otra y otra añadiendo tensión y dinamismo a la pintura. Existe en estos óleos la presencia de una inteligencia muy consciente en la disposición de los elementos de la obra y en la narración del surrealismo. En cualquiera de sus pinturas se puede percibir el uso ingenioso y sabio del contrapeso de las formas mediante la disposición geométrica de los elementos. El caos va tomando orden, tramando la narración y construyendo el mito.

Junto a este dominio técnico que posee el artista subyace un gran conocimiento de tradiciones que han sobrevivido al margen del cristianismo occidental. Su pintura está cargada de símbolos provenientes del esoterismo, la cábala, el tarot, la mitología griega y egipcia, la iconografía medieval y la tradición filosófica oriental con particular interés en el budismo y el brahmanismo. Hay que mencionar también la influencia que ha ejercido la filosofía taoísta y el Zen en la obra de Trelles. En la filosofía Zen, el satori representa la culminación de un proceso interior en el que se dan revelaciones de carácter instantáneo. Al arte Zen no le importa la copia de la realidad sino el acercamiento al acto de creación a través de la implementación de conceptos técnicos que implican la utilización del accidente controlado. Esta alianza entre el azar y el control ejercido por el artista, define la técnica utilizada en los jardines interiores de su paisaje secreto.

El Jardín de las Mutaciones

Entre las características más importantes del discurso plástico de Rafael Trelles destaca toda una gama de personajes del mundo animal y vegetal. Asombrosas e inusitadas presencias, muchas no son otra cosa que una extraordinaria síntesis de dos mundos, de dos planos que en realidad están separados por su particular naturaleza biológica. Trelles crea estos personajes fundiendo el mundo vegetal, animal y mineral.

Cada entidad, cada mutación que aparece en estas visiones vive su propio infierno. Ello explica el sentido de extrañeza que exhiben estos personajes. Pues el jardín no les pertenece, no son los plácidos cortesanos de un jardín. Ellos son el jardín. La flor y la espina. El gusano y la clepsidra. La vida y la muerte. Son estos personajes entidades atrapadas en el propio asombro de su existencia, instantáneas congeladas. Esa existencia inconsciente de lo que Rubén Darío llamara en su célebre poema Lo fatal, "lo apenas sensitivo".

No son las acostumbradas metamorfosis de la mitología grecorromana sino mutaciones a medio camino, el artista las atrapa en el transcurso de su calvario. Trelles se convierte en parte de ese sino, es el rector de la víctima y del victimario. Todo como parte de un proceso natural, sin el tradicional maniqueísmo que opone el bien al mal. Por eso cuando la violencia La vida y la muerte, el premio y el castigo son las partes esenciales de un juego de opuestos que forman una visión orgánica de mundo. Son naturaleza en ebullición donde las formas humanas están en ocasiones condenadas a su designio vegetal o animal. Y la naturaleza a tener un rostro más humano. Obsérvese como ejemplo El milagro de los peces, o Los gemelos divinos, El muchacho de Cataño y Nuestra Señora, entre otros.

En este sentido, los personajes que alientan en el secreto de este paisaje se encuentran poseídos por una intensa actitud hierática, por un halo de extrañeza, propia del que participa de una realidad superior. Cada uno de estos personajes habita una fracción de su propio mundo. La mirada del artista rescata una visión que ha quedado detenida en un tiempo primordial. Es el espacio del rito donde los dioses vuelven a manifestar su voluntad y su existencia.

Son espacios y seres silentes, visiones donde la mirada tienta largos silencios plenos de lucha y tensión. Las historias que Trelles nos narra son una extensa trama de fragmentos disociados, de historias a primera instancia truncas. Sin embargo, a pesar de lo desintegrado de la narración, el artista siempre se las arregla para contarnos algo, para invitarnos a un lugar de dilatadas intuiciones que a cada momento asaltan al espectador en virtud de la incesante plurivalencia que provocan estas narraciones visionarias de su paisaje secreto. Ejemplo de ello lo es su hermoso tríptico Jardín acechado. La obra nos recuerda los retablos medievales, y la pintura del renacimiento. En Jardín acechado al igual que en el arco gótico alienta la verticalidad y con ella una hermosa visión de mundo en el que predomina el espíritu y la creatividad. Esta obra es una impresionante síntesis de su trabajo, de la rica complejidad de su sincretismo. En ella hay un profundo tratamiento de la tradición cabalística, los tres lados del tríptico conjugan el aspecto espiritual de la trinidad. Juego con la tradición y con los símbolos de la numerología. En el plano central un ángel, especie de San Miguel Arcángel, derrota un demonio y en el acto se atraviesa su propio corazón. Símbolo de la unión de los contrarios y de la dualidad del cosmos. Los tres planos se complementan en una compleja y rica trama de símbolos y tradiciones esotéricas. En el tríptico se conjugan en una narración surrealizante como en la mayor parte de su obra los diferentes mundos naturales. La esfinge del margen izquierdo es metáfora por excelencia de la reconciliación de los contrarios. Ave, o alado coleóptero, león y mujer es también la presencia de enigma. En el margen izquierdo una presencia femenina y agarrada a ella un personaje masculino, y detrás de ellos una chiringa, imagen de la ascensión y de la infancia. ¿Imagen de la terrible sabiduría de la inocencia? ?¿O del artista como espectador de su propia obra? En este tríptico, el árbol de mangó que está al fondo y en el plano central revela un torso humano y sus frutos son también corazones. El jardín se convierte en un bellísimo y enigmático acecho de tradiciones y símbolos. En las que ocupa lugar predominante el árbol. En Jardín acechado el árbol aparece en la tabla del medio junto al ángel y el demonio. Lugar privilegiado ocupa también el símbolo del árbol en lo óleos: El milagro de los peces, El libro abierto y El naufragio. Ese árbol centro del mundo, el árbol Igdrazil en la tradición nórdica, no es otra cosa que un alegoría del cosmos. Símbolo de la regeneración y de la inmortalidad. También se observa en este tríptico otro de los elementos esenciales del discurso plástico de Trelles; la lucha de contrarios entre la ciudad y la naturaleza. El mundo del hombre y el de la naturaleza se contraponen. Para Trelles, los eventos fundamentales que pueden cambiar el mundo no ocurren en la precaria realidad de los hombres, en particular en la ciudad sino en el mundo natural. De aquí que su imagen de la ciudad sea una sin vida, un espacio acartonado y anónimo. En su obra el hombre siempre está a la merced de un designio natural que le precede y del que no puede escapar.

Jardín acechado es pues, una excelente obra donde el artista no sólo demuestra su dominio del lenguaje plástico sino que es síntesis de toda una rica visión mítica del mundo, en la que busca la ascensión a planos espirituales de mayor riqueza y donde la víctima y el victimario, el ángel y el demonio en su ya mítica batalla nos hablan de un profundo deseo de reconciliación de todos los niveles de la vida.

La Virgen. El Principio Femenino


En la obra de Trelles no aparece el dios o principio masculino, mas sí muchas vigenes que recuerdan la tradición mariana o enigmática diosas en las que reencarna un jardín o un vergel como en Juana Morales y el mismo Jardín acechado. El principio femenino que en el discurso plástico de Trelles es sinónimo de humildad y camino iniciático para que el espíritu pueda alcanzar la síntesis espiritual en unión al principio activo masculino nos habla de las antiguas creencias sagradas, cuando el mundo era regido por tribus matriarcales precedidas por una visión sacralizante de la tierra. Es el espacio de Gea. Oleos emblemáticos de esta postura lo son Según San Juan II y Andando de noche sola. En estas obras Trelles reclama que debemos retomar el camino de la sacralidad de la tierra, devolverle a la naturaleza su carácter en vivo. Liberarla del arduo mecanismo que abrió las puertas para la explotación y la destrucción del entorno. En esta dirección son relevantes sus pinturas, Estigia y El muchacho de Cataño en las que se emparenta con esa tardo modernidad tan preocupada por el ambiente y la ecología.

La coincidencia, el profundo sincretismo que permean sus óleos no impide que el arte de Trelles sea uno profundamente latinoamericano y puertorriqueño. Dentro de esas imágenes extrañas y terribles encontramos fragmentos, luminosos atisbos del color y la magia del Caribe, su Ôprima facieÕ presentan un mundo recien hollado, la mirada inquisitiva se encuentra ante la construcción de un orbe que aunque complejamente sincrético se fundamenta en contenidos, formas y colores esencialmente latinoamericanos. Allí en una esquina de El poeta y su sombra late un mito taíno. Y aquella ala de mariposa se transforma en un personaje de características antropomórficas como la guayaba del mito de los muertos de la tradición arahuaca, el artista las ha visto en su propio jardín. Las palmeras, las playas son caribeñas. La virgen que se le aparece a los náufragos en el óleo Nuestra Señora es imagen sustraída de la tradición mariana. Este lienzo tiene puntos de apoyo con la Virgen de la Caridad del Cobre, tan cara a la iconografía cubana. Andando de noche sola también evoca imágenes y contenidos propios de la tradición afroantillana de nuestro Caribe, lo cual otorga a la obra nuevas dimensiones significativas.

Nuevo Jardín de las Delicias. La Ciudad

Estas visiones cargadas de mundos disímiles y tradiciones religiosas tan diversas no escapan a la crítica de una sociedad que pierde sus asideros espirituales. En breves trazos o en lienzos completos Trelles desata una fuerte crítica a situaciones de orden social, político y ecológico que le obseden. En ocasiones son breves apuntes donde se atisba una conciencia moral y del entorno muy profunda. En sus lienzos Isug, la barca de los locos y La nave de los locos III aparecen múltiples imágenes que remiten a un contexto social marcado por la violencia y la crisis. En el plano posterior del lienzo Isug aparece un camión lanzando desperdicios sólidos en la ciudad. Uno de los personajes ostenta una pistola en clara alusión al problema de la criminalidad en el país, mientras otra criatura lleva por cabeza un televisor. Un monje en La barca de los locos, de obesidad ofensiva, acompaña a los tripulantes de este óleo demencial, que representa un viaje por los planos más bajos de nuestra locura colectiva y colonial, y que nos recuerda los cuadros de Jerónimo Bosch (el Bosco) y a Sebastián Brandt en su célebre poema La barca de los locos.

En muchos de los cuadros de Trelles, la ciudad emerge en el fondo, o en el plano posterior donde se perciben sus fríos y desolados contornos, su cuadriculada arquitectura. Es un lugar deshumanizado, lleno de soledad en ocasiones de carácter infernal como en los óleos Babel, El arpa imaginaria, El octavo círculo y Encuentro de amor. La ciudad también aparece como un intrincado laberinto y muchos de sus ciudadanos son cucarachas, insectos que aún en este estado de degradación espiritual conservan cierto hálito esperanzador, pues no han perdido todos los rasgos de su humanidad y pueden ser redimidos por el amor o la gracia divina. Ejemplo de este aserto lo son las pinturas Encuentro de amor y Estigia.
 
Los Naufragios

Habría sido mejor que la tierra fuera una bola solitaria o no hubiera salido jamás del seno de su nebulosa. Ser o no ser. No ser, no ser. (...) Barco fantasma relleno de esqueletos con tu bandera de andrajos flotando en el aire pestilente.

Vicente Huidobro

En el óleo El vaso de Dios nos encontramos ante una obra en la que se nos presenta un doble naufragio. En el interior de un cubo de agua, Trelles rescata un detalle de la iconografía de José Campeche (el óleo en cuestión es El salvamento de Don Ramón Power) en unión a otros elementos de la tradición esotérica. El vaso de Dios es una obra en la que se alude a la crisis institucional puertorriqueña. Pero es también el vaso en el que Dios bebe un agua impregnada de tragedia, crisis histórica y moral del país. En esta obra tan plurivalente no sólo nos encontramos con el naufragio histórico de nuestro proyecto civil y político así como de un naufragio a otros niveles de conciencia: El naufragio cósmico. Otra obra que podría emparentarse con esta es La Esfigia. En éste, obra barca también emblemática de la puertorriqueñidad ya que sus pasajeros conforman una especie de Rogativa Ð navega o más bien viaja como tripulante de otra embarcación mayor que a su vez navega sobre unas aguas putrefactas. Es quizás el viaje de nuestro devenir histórico hacia el Hades. En su cosmovisión, el naufragio y su antecedente, el viaje terrible lleno de peligros, son las metáforas con las que Trelles nos lleva a pasear sobre su paisaje secreto donde impera la pesadilla. Pero la mano de Dios no está ausente; aun en las más dantescas escenas de su obra siempre encontramos un hálito de esperanza. En La Esfigia un insecto que es parte de la tripulación es tocado por la llama del Espíritu Santo. El artista se cuida de que estos espacios no atenten contra la magia y la sensualidad lírica y barroca de sus jardines. Consigue unir su mundo mágico a sus preocupaciones sociales e ideológica
s sin ceder a las trilladas conceptualizaciones del arte de compromiso o realismo social.
 
Coda

Ni a los cíclopes / ni a los lestrigones / encontrarás si tu pensar es elevado, si selecta / la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo. / al salvaje Poseidón encontrarás, / si no los llevas dentro de tu alma, si no los yergue tu alma ante ti.


Constantin Kavafis
 
A 500 años del mal llamado descubrimiento, Rafael Trelles nos invita a un encuentro, o mejor aún a una confrontación en la que el artista nos reclama la atención para que escapemos de esta Edad Media espiritual que todavía nos avasalla y descubramos un Nuevo Mundo, ese que insospechadamente se encuentra en el centro de nuestro espíritu. Y en estos óleos de tan sorprendente lirismo, están abiertas las puertas para el viaje. Sólo falta que desatemos las crueles amarras de la razón y la lógica y volvamos a remontarnos más allá del horizonte de nuestra insensatez histórica. No importa los abismos o la simas terribles que nos opongan el viaje.

Jan Martínez
Poeta y profesor de español de la Universidad Politecnica y la Universidad de Puerto Rico
Director de la Revista La Torre de la Universidad de Puerto Rico